Hoy
Cuando el héroe confía en Dios
Menores · Del libro Heroes o Villanos
Eran lanzados hasta el cielo y hundidos hasta el fondo del mar; ¡perdieron el valor ante el peligro! (Salmos 107: 26).
Harold trató de orientar la lancha hacia la dirección que él pensaba que estaba la isla de Pak. Si la tormenta no paraba, su esperanza era que la costa lo detuviera al arribo de su destino final. Con el paso del tiempo, esa esperanza fue languideciendo y pronto ocurrió lo indeseable. El motor se apagó; el combustible se había consumido. Harold había evadido la isla y ahora se encontraba quién sabe en dónde en esas oscuras aguas del Pacífico.
Para hacer peores las cosas, la tormenta no perdía intensidad y, con el mar embravecido, Harold temía por su supervivencia. En su mente, hablaba con Dios: «Señor, esto está aterrador. ¿Qué plan tienes? ¿Qué quieres que haga?».
Harold veía las olas enormes levantarse y venir hacia él en embestida. Pero cuál no sería su sorpresa que, en vez de abalanzarse sobre él y destruir con su furia la pequeña embarcación, las olas más bien parecían desvanecerse enfrente suyo. Eso ocurrió varias veces. Cuando una ola grande estaba a la vista, esta acababa por perderse debajo de él sin hacerle daño alguno a él o a la lancha.
«Señor, tú estás al mando; tú controlas la naturaleza. Haz conmigo como mejor te plazca», decía en su oración, «pero si tienes otro plan y quieres salvarme, hágase tu voluntad», continuaba orando.
Con el sol totalmente detrás de los densos nubarrones y sin poder precisar si era mañana, mediodía o la tarde, el horizonte seguía tan oscuro como cuando la tormenta comenzó. Por el tiempo que le parecía que había transcurrido, Harold creía que debía ser de tarde ya. Entonces se acordó de su teléfono celular, el cual registraría la hora mientras aún tuviera energía. Eran las siete de la tarde, pero bien podría ser la medianoche.
Era difícil saber si estaba avanzando o no. Más difícil era saber hacia dónde se dirigía. Con el mar en movimiento y sin más referencia que su propia vista, se entregó al cuidado divino y mantuvo la calma en medio del chaparrón.
¿Qué hacemos cuando estamos asustados? La vida de un joven o de una señorita tiene su buena dosis de luchas y pruebas, muchas de las cuales pueden hacer la vida muy desafiante. Un ambiente hostil en la escuela, tensión en la familia o la carencia de recursos pueden sumergirnos en un mar embravecido del cual parece imposible salir. Pero tenemos un recurso poderosísimo: la oración. Los creyentes claman a Dios en su angustia y él interviene.