Hoy
El héroe saciado
Menores · Del libro Heroes o Villanos
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«Convirtió en brisa la tempestad, y las olas se calmaron» (Salmos 107: 29).
Harold pensó que algo que podía hacer era pescar. Pero ¿con qué? Se inclinó a buscar entre sus pertenencias por si algo pudiera servirle de instrumento de pesca. Había traído algunas pocas herramientas relacionadas con la construcción, pero nada como para pescar; solo tenía sus manos y su fe en Dios. Dado que no podía pescar con las manos, habría que confiar plenamente en Dios.
Volvió a tomar sitio en el piso de la lancha y se sentó. Seguía mirando al mar, seguía buscando para ver qué haría Dios al respecto. Entonces sucedió lo impensable. Había en el agua lo que parecía ser algunos objetos flotando. Levantándose para mirar mejor, dijo: «Sí, sí, ahí hay algo». Usando sus brazos como remos, Harold dirigió el bote hacia lo que parecía ser su desayuno. Eran dos grandes y frescos cocos flotando en el agua. «¿Qué hacen estos cocos aquí a mitad del Pacífico? ¿Habrá alguna isla cercana?», se preguntó. De nuevo, tomó la bolsa de herramientas y se puso manos a la obra; no sin esfuerzo, logró sacarle el agua al primer coco y luego la blanca pulpa.
Después de raspar hasta el último rincón del interior del coco y sintiéndose más satisfecho por ese fresco desayuno, Harold se reclinó en la borda de la lancha y decidió no dejarse dominar por el apetito. «Es mejor que guarde uno de los cocos para más tarde, quizás para la hora de la cena. Es claro que Dios no me va a dejar morir de hambre aquí mientras su voluntad sea que yo esté con vida», se dijo.
Entonces volvió a su refugio en el océano: la Biblia. Ahí sentado leyó del profeta Jonás y de su naufragio al interior del gran pez, del Señor Jesús calmando la tormenta y los crispados nervios de los discípulos en el Mar de Galilea, del naufragio de Pablo en su ruta a Roma y de Juan el Revelador contemplando el mar de cristal. Esas lecturas mostraban cómo la misericordia de Dios acompañaba a los náufragos y estaba ahí para salvar.
«Tú has decidido preservar mi vida por alguna razón, Señor. La tormenta no me derribó al mar ni mis cosas se perdieron durante el mal tiempo. La lancha está en buenas condiciones y sigue flotando. Y hasta pusiste dos cocos al alcance de mi mano para alimentarme. ¿Cuál es el plan, Señor?», y guardó silencio por un largo rato. «Pues cualquiera que sea el plan, lo aceptaré con gozo». Mientras, la lancha flotaba perdida en el océano.