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Versículo:«Muchos han emprendido la tarea de escribir la historia de los hechos que Dios ha llevado a cabo entre nosotros» (Lucas 1: 1).
Al llegar a la jungla de Kerema, en la provincia del Golfo, al sur de Nueva Guinea, Unia entendió que se quedaría solo para hacerse cargo de un grupo de creyentes que los misioneros atendían mientras ellos estarían en los Estados Unidos por un tiempo. Los misioneros habían construido una pequeña escuela, así que Unia también ayudó enseñándoles a los niños de los primeros grados. No hubo tiempo para explicarle sus funciones antes de que llegara a Kerema; él tenía muchas preguntas respecto a lo que tendría que hacer. Y buena parte de esas preguntas se contestaron hasta que llegó al lugar.
La experiencia sirvió para ayudar a Unia a entender que toda la teología que había aprendido durante tres años en la carrera no le servía para comunicarse con la gente de la selva. La distancia entre el discurso teológico que conocía y la mentalidad de la gente era enorme. Entonces, optó por una estrategia sencilla: contar historias. Unia convirtió a la Biblia en un conjunto de historias que narraba a quienes aceptaban oír su mensaje. Los viernes de tarde, Unia encendía una fogata grande y llamaba a la gente; desde ahí, les contaba historias y les presentaba al Jesús de la Biblia. Luego, organizaba a los jóvenes de la comunidad que ya habían oído las historias y las representaban en forma de drama.
A la gente le encantaba ese tipo de programas religiosos. A consecuencia de este enfoque innovador, la gente le abrió las puertas a Unia y lo recibían gozosos en sus casas. La congregación creció gracias a su llegada. Durante las noches, cuando aún no conciliaba el sueño, Unia platicaba con Dios: «Señor, tú me trajiste a este lugar con un propósito; tú quieres prepararme mejor para el ministerio. Te agradezco por las lecciones que me has dado y, cuando regrese a la universidad, pondré todo mi empeño para tener la mejor formación pastoral».
Pero otro tema importante venía a su mente: «Señor, yo necesito una esposa. Perdóname por haber desperdiciado mis primeros tres años y no ponerle cuidado a esta necesidad. Ayúdame, Señor; necesito encontrar una señorita con quien compartir el ministerio».
Cuando llegaron de vuelta, los misioneros se asombraron de oír el reporte y verificar el estado de cosas y gustosos ayudaron a Unia a volver a la universidad. Según lo habían prometido, le abonaron recursos para colaborar en sus finanzas estudiantiles.