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Versículo:«Mi amada es, entre las mujeres, como una rosa entre los espinos» (Cantares 2: 2).
El año de servicio misionero concluyó y Unia volvió a la universidad. Esa tarde, Unia se dirigió al comedor para tomar la cena. Una vez adentro, para su tristeza, descubrió que el tiempo de servicio ya había pasado y ya no habría cena para él. Vio a un grupo de estudiantes trabajadores del comedor platicando y, entre ellos, vio a una señorita que llamó su atención. La muchacha entendió que Unia no comería si no hacía algo, así que preparó un plato con lo que quedaba de alimento y se lo trajo sin que lo hubiera pedido.
«¿Será ella la elegida, Señor?», le preguntó Unia a Dios en su oración esa noche. A través de un amigo, consiguió una cita con Julie, la señorita del comedor. El acuerdo era verse y conversar en la biblioteca. Después de los saludos y cortesías más básicas, Unia fue al punto:
-Julie, yo necesito una esposa para acompañarme en el ministerio. Le he estado orando al Señor y yo creo que tú eres la persona que Dios tiene para mí. Se trata de unir nuestras vidas en el servicio de Dios. Si tú dices que sí, adelante; si dices que no, pues aquí no ha pasado nada. La respuesta de Julie no tardó. Ella respondió con un gran «no».
-Lo siento, Unia, pero no puedo aceptar tu petición. Esto no puede proceder ahora porque yo ya estoy en una relación. Tengo un novio en estos momentos.
-Oh, no te preocupes. Mi petición es por la causa del Señor; no te estoy pidiendo que hagas algo que no puedas aceptar. Así que entiendo, no te preocupes.
Entonces, Julie se levantó de donde estaban sentados y Unia quedó solo, muy desconsolado. Muchas cosas pasaron por la mente de Julie y, entre ellas, la posibilidad de que Dios pudiera estar actuando en este juego de circunstancias. Si bien el acercamiento de Unia fue directo y nada convencional, pudiera ser que Dios estuviera participando en todo esto. Julie no quería estorbar los planes de Dios si es que él estaba dirigiendo las cosas.
Pasó un largo rato y Julie decidió volver a la biblioteca para buscar a Unia. Lo encontró sentado en el mismo lugar donde lo dejó, triste y cabizbajo.
-Unia, ¿podrías darme un poco de tiempo para pensar en lo que me has propuesto y resolverte después?
-Claro, no te sientas presionada. Tienes todo el tiempo del mundo para pensar y decidir lo que vayas a hacer-dijo Unia. Ahora sabía que había esperanza.