
El audio de este devocional no está disponible por ahora, pero puedes usar la voz de tu dispositivo para que te lo lea.
Opciones de lectura
Versículo:«Y cada día el Señor hacía crecer la comunidad con el número de los que él iba llamando a la salvación» (Hechos 2:47).
Unia y Julie volvieron al interior de la casa y el anfitrión, consciente de lo que estaba sucediendo, les pidió que trajeran al bebé; él iba a orar por el niño y le darían alimento. El pastor oró por el bebé y dio gracias por la comida. En Papúa se acostumbra mucho comer la fécula de una palma que llaman sago, y eso le dieron al bebé. Cuando la harina de sago se mezcla con agua, adquiere una consistencia espesa y pastosa. El pastor anfitrión le introdujo la masa directamente a la boca del bebé y, para sorpresa de la familia, el pequeño empezó a comer y el sago le hizo bien. Se controló y sus fluidos se regularizaron.
Aun en Sepik, consiguieron algunas medicinas para fortalecer al bebé hasta que estuvo en condiciones normales. Ahora sí estaban listos para viajar de regreso. Desde Sepik volverían a recorrer el mismo río por el otro lado y llegaron a su hogar después de un circuito completo y una experiencia única.
Los meses transcurrieron y la pequeña congregación fue creciendo. La verdad se había afianzado en algunas personas y, con satisfacción y gratitud a Dios, Unia pudo plantar una iglesia. Pero esto no les trajo alegría a todos los habitantes. Los hombres del lugar, especialmente los ancianos, se sentían incómodos con esta nueva creencia. Sus tradiciones animistas entraban en conflicto con la idea del Dios de la Biblia, pero no tenían cómo rebatir esa enseñanza, lo que los enojaba aún más. Los jóvenes de la aldea venían al culto y guardaban el sábado como Jesús lo hacía.
A la vez, el pequeño dispensario en casa de Unia se fue haciendo más y más visitado. Como la gente era de muy escasos recursos, no les podían cobrar los costos de los servicios prestados. Había que hacer algo porque cada vez era más gente que venía buscando ayuda. A Unia se le ocurrió que podían pagar la consulta médica y los pocos medicamentos que podían recibir de los misioneros con materiales de construcción.
«Si no tienen dinero para pagar, no hay problema. Traigan algún tronco, pedazos de madera, lámina o lo que tengan para que ampliemos la clínica y así los servicios puedan seguir», comunicaba Unia. Pero la clínica despertaba el enojo de los brujos de la región. Ahora ellos estaban perdiendo clientela y recursos, todo por la pareja misionera con su pequeño dispensario.