
Opciones de lectura
Versículo:Su madre, guardaba todas estas cosas en lo íntimo de su corazón, Lucas 2:51.
CUANDO PIENSO en Jesús, imagino un humilde pesebre, tosco e improvisado, lleno de paja. Nada de suaves cobijas como las que suelen tener las cunas. Pues definitivamente los pesebres no fueron pensados para bebés humanos.
Claramente puedo escuchar a la madre animal llamando a su becerro, veo a un burro espantando una mosca con su cola y a una vaca mirando con curiosidad el pesebre, observando al extraño ser recostado allí dentro. Entonces puedo notar a una madre mirando tiernamente a su primogénito, asegurándose de que a pesar de su santidad, nada le haga falta.
Cuando ella toca sus pequeños dedos, un pensamiento repentino llega a mi mente. ¿Podría ella creer que en el futuro, él sanará a muchos enfermos, hará caminar a los cojos y a los ciegos, ver? ¿Podría ella imaginar cuánta sabiduría fluirá de sus labios sagrados y cuántas vidas bendecirá?
Pero también llega otro pensamiento que me hace temblar. Si alguien se lo dijera a María, ¿podría ella creer que esas mismas manos delicadas algún día serían perforadas por crueles clavos?
Al besar esa inocente frente, ¿podría ella creer que una corona de espinas se clavaría en su cabeza mientras la sangre corre por su cuerpo? Al besar los labios del bebé, ¿podría ella creer que algún día en el futuro, él gritaría en agonía: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado»?
Cuando María acarició los pequeños pies con sus manos, nunca le pasó por lamente que algún día sangrarían para salvar a sus hijos de la muerte eterna. Al mirar esos ojos inocentes, ¿alguna vez pensó en cuantos pecadores él perdonaría, en su corta vida terrenal?
Cuando en mi mente veo esas manos, siento sus brazos y mientras me abraza, él dice: «Ven a mí, mi niña, y yo te daré descanso». Ese es el Jesús que amo.
Este es el Dios que venero, el Señor que me guió a través de tantas pruebas y dificultades, el Jesús que pronto vendrá a llevarnos a casa.
Charlotte de Beer