Devocionales Matutinos

Orgullo Herido

Hoy

Mujeres · Del libro Sublime Belleza

Versículo:

No hagan nada por egoísmo o vanidad; mas bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos (Filipenses 2:3).

Yo dictaba clases a los alumnos del secundario en Río de Janeiro, cuando el celular aún era un atractivo para los curiosos.

Cierto día, un alumno trajo el celular a clases. Se formó una ronda alrededor de él al fondo. Entonces, le pedí al alumno que lo guardara. Él lo guardó y, enseguida, el murmullo recomenzó. Le pedí al alumno que trajera el celular al escritorio. Como se negó, le dije con firmeza: "O traes el aparato, o te retiras de la clase. Y puedes volver únicamente acompañado por tus padres".

Alterado, dijo que no saldría ni entregaría el celular y que nadie le podía impedir de asistir a clases. "Soy yo quien paga su sueldo", dijo. 

A esa altura, yo tenía un problema. Insistí para que saliera de la clase, y él salió con rabia, golpeando la puerta y produciendo un ruido ensordecedor. La clase quedó en silencio. Los alumnos se miraban de reojo, y uno de ellos dijo educadamente: "Profesora, él no va a traer a su papá ni a su mamá... Él perdió a su papá hace poco tiempo y su mamá murió. Él vive con su abuela y se cuida a sí mismo".

Entonces me di cuenta de que había tomado una actitud precipitada. Mi nuevo desafío era elegir entre buscarlo, admitir mi falta de sensibilidad, pedir perdón, y correr el riesgo de parecer débil y sin autoridad, o seguir con mi orgullo, dejando las cosas como estaban.

Escribí una actividad en el pizarrón y salí de clases. El muchacho, mucho más grande que yo, estaba sentado en el suelo del pasillo. Hice un gesto para que se acercara y dije: "A pesar de que interrumpiste la clase, me equivoqué, fui insensible y te ofendí. Quiero pedirte perdón".

Instantáneamente, su mirada cambió. Bajó sus ojos y dijo: "Profesora, yo también me equivoqué. Molesté, interrumpí la clase, le respondí de mala manera y golpeé la puerta. Estoy muy nervioso últimamente. ¿Podría perdonarme?".

Fue un momento muy especial. En la siguiente clase, se comportó de manera muy educada. Desde entonces, se transformó en un colaborador en las clases. Siempre que me veía, decía: "¡Hola, mi profesora amiga!".

Seis meses después me fui de Río de Janeiro y nunca más supe de él, pero recuerdo con alegría ese episodio y la mejor decisión hecha por ambos. A veces necesitamos reconocer nuestras faltas. Ser humildes y considerar a los demás como superiores a nosotras mismas, como Cristo, no es debilidad, sino verdadera grandeza. ¿Cómo reaccionas cuando cometes una falta?

Devocionales del Lunes, 5 de octubre de 2026 ›