Hoy

Duerme conmigo

Adultos · Del libro Por su Gracia

«Aconteció que entró él un día en casa para hacer su oficio, y no había nadie de los de casa allí. Y ella lo asió por su ropa, diciendo: Duerme conmigo. Entonces él dejó su ropa en las manos de ella, y huyó y salió» (Génesis 39: 11-12).

Según Génesis 46, José tenía treinta años cuando fue promovido por el faraón. Había estado dos años en la cárcel y eso significa que estuvo en la casa de Potifar alrededor de once años. No se sabe cuánto tiempo tuvo que soportar el acoso sexual de la esposa de Potifar, pero las Escrituras dicen: «Hablando ella a José cada día» (vers. 10) y él le contestaba: «No hay otro mayor que yo en esta casa, y ninguna cosa me ha reservado sino a ti, por cuanto tú eres su mujer; ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?» (vers. 9).

José era un joven excepcional, de buen parecer, fuerte, inteligente, de principios firmes y temeroso de Dios, pero no era inmune a las tentaciones sexuales. No era casado y todo su vigor varonil estaba en plenitud, pero su mente estaba conectada con el Todopoderoso; oraba continuamente pidiendo la protección de Dios para no pecar contra él.

La mujer de Potifar, infatuada con sus propias imaginaciones carnales sobre José, lo buscaba sin cesar. Sus deseos estaban más allá de su dominio propio; no le importaba estar casada y lo que anhelaba era acostarse con ese joven hebreo que le robaba los sueños. Sigilosamente, buscó el momento oportuno cuando José estaba solo en la casa, se arrojó sobre él de manera seductora y le rogó que se acostara con ella, pero José, lejos de acceder a la lujuria de la mujer, huyó para salvaguardar su integridad.

Al verse despreciada, la mujer de Potifar convirtió su deseo en odio, acusándolo de intento de violación. Era obvio que le creerían más a la mujer del amo en lugar de a un humilde esclavo. José tuvo que ir a la cárcel por un delito no cometido, pero logró guardar su fidelidad e integridad con su Dios. La historia dice que el Señor lo vindicó y le dio mucho más de lo que él esperaba.

Mi querido amigo, si estás luchando con tus deseos carnales prohibidos, ponlos en las manos de Dios. Él tiene el poder y la solución ideal para ayudarte a salir victorioso, conoce tus pensamientos y también conoce tus luchas y tentaciones. Nadie es perfecto ante los ojos de Dios, pero se complace en ayudarte, aunque pareciera que la tarea es imposible. Si el remordimiento te atormenta, ven a Jesús y seguro escucharás de sus labios: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más» (Juan 8: 11), porque todo es por su gracia.