Hoy
El héroe es rescatado
Menores · Del libro Heroes o Villanos
El audio de este devocional no está disponible por ahora, pero puedes usar la voz de tu dispositivo para que te lo lea.
«¡Aclámenlo al reunirse el pueblo! ¡Alábenlo en la reunión de ancianos!» (Salmos 107: 32).
Harold se aseguró de que veía bien. Concentró la vista en el punto donde estaba la silueta, misma que se hacía poco a poco más clara. Era un barco y de gran calada. Entonces, se quitó la camisa y empezó a agitarla haciendo señas para llamar la atención. Pareciera como si el barco avanzara directamente hacia él. Casi un par de horas después, el barco estaba cerca suyo, se detuvo y una lancha de motor vino a su rescate.
Se trataba de un buque tanque de bandera china. Quienes lo rescataron no hablaban inglés, pero no hacía falta decir mucho en ese momento. Harold recogió sus pertenencias y dijo adiós a la lancha que había sido su morada y su templo por esos cuatro días. Afortunadamente, había algunos miembros de la tripulación que eran filipinos y que hablaban inglés. Ellos lo atendieron, le dieron ropa limpia, un lugar donde bañarse y descansar mientras llegaba la hora de la cena.
En el comedor del buque, Harold saludó al capitán y le agradeció el gesto de haberse detenido a recogerlo. El capitán estaba maravillado de que las cosas hubieran sucedido. A medida que la plática se extendía, Harold supo que el buque se dirigía a China y, peor aún, que se encontraban en aguas del mar de China Oriental. La distancia que había recorrido en su viaje a la deriva era inmensa. El capitán del buque le dijo que tenía que comunicarse con China e informar lo que había sucedido. Un acontecimiento así hay que reportarlo y esperar instrucciones. «Pero no se inquiete», le dijo, «lo peor ya pasó».
El capitán invitó a Harold a ir al puente de mando del buque. Desde ahí le mostró en el mapa del sistema de navegación del barco la ubicación de la nave. «Mire cuán cerca estamos de China. Usted naufragó toda esta distancia. Su país está hasta acá», dijo mientras señalaba a Papúa Nueva Guinea.
Llegó la hora de dormir y Harold fue llevado a su pequeña habitación. Con ropa limpia, una cama confortable y alimento en el estómago, tenía todo lo que necesitaba. Entonces, oró: «Padre, tú me has salvado. Pero, ¿adónde me llevas? ¿Qué quieres que haga en China? Yo no tengo pasaporte conmigo, Señor; no tengo dinero para regresar de China hasta mi hogar. Mis hijos tampoco tienen dinero para enviarme de vuelta. Pero, sin duda, tendrás un plan para mí. Sea hecha tu voluntad, en el nombre de Jesús, amén».