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Versículo:«El funcionario se arrodilló delante del rey, y le rogó: "Tenga usted paciencia conmigo y se lo pagaré todo"» (Mateo 18: 26).
Una de las bondades de la educación adventista es las conexiones que se forman entre el personal de la escuela y los estudiantes cuando ellos están de cara a los desafíos de la vida. Me da gusto reconocer que los empleados de nuestras instituciones, sean docentes o personal de apoyo, se acercan a los muchachos para hablar con ellos, saber de sus luchas y, muchas veces, orar con ellos para afirmar su confianza en Dios para la solución de sus problemas.
Hoy hablaremos de Gibson, uno de nuestros estudiantes de teología en la Universidad Adventista del Pacífico. Gibson recibió una invitación para predicar en el culto de oración del miércoles por la noche en la iglesia Kinakon, que es una de las tres congregaciones dentro del plantel universitario. Gibson se dio el tiempo de prepararse y para presentar un buen mensaje, pero a la vez luchaba con un problema personal: sus finanzas estudiantiles; prácticamente debía todo el año en la universidad. Se le había permitido inscribirse, pero, fuera de lo que aportó en la inscripción, no había podido abonar nada más.
Gibson era un estudiante de familia necesitada. De hecho, no pagaba sus estudios, sino que otros patrocinadores lo ayudaban. Entre sus familiares, las autoridades de su gobierno local y algunos conocidos que tenían recursos, Gibson presentó su necesidad y apeló a su sentido de solidaridad para poder recibir recursos y seguir estudiando. Ese era el caso con dos terceras partes de los estudiantes, quienes dependían completamente de otros para avanzar.
Esa tarde, antes de partir a la iglesia, otro estudiante le había platicado a Gibson que había un caballero con recursos proveniente de la región, de donde él venía, que se había mostrado dispuesto a ayudar a otros. Gibson pensó que si lograba hablar con él podría presentar su caso y recibir apoyo. La cuenta escolar de Gibson superaba las 17 000 kinas (es la moneda local de Papúa; esta suma equivaldría a poco menos de 100 000 pesos mexicanos). Antes de salir de su cuarto en el dormitorio, se arrodilló a orar para pedirle ayuda al Señor.
«Padre, tú eres dueño de todas las cosas; tú sabes los planes que tienes para mí. Aquí estoy, a punto de salir a predicar tu palabra, pero mi corazón está triste; esa cuenta sigue pendiente y pronto terminará el ciclo. No sé qué hacer, Señor. Estoy oyendo de este señor que me dicen, es de buen corazón y que tiene recursos. Si es tu voluntad, ayúdame a contactarlo. Abre el camino, según tu buena voluntad, Padre. Te lo pido, en el nombre de Jesús, amén».