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Versículo:Si te dedicas a ayudar a los hambrientos y a saciar la necesidad del desvalido, [...] el Señor te guiará [...] y fortalecerá tus huesos (Isaías 58:10, 11).
A mediados del siglo XIX, John D. Rockefeller entró al mundo de los negocios. Había trabajado desde la infancia y, a los 43 años, controlaba la mayor empresa del mundo: la Standart Oil Company. Sin embargo estaba pagando un precio elevado: estaba perjudicando su salud y su alegría. Había contraído una enfermedad llamada alopecia, y había perdido todo el cabello y vello de su cuerpo. Según uno de sus biógrafos, parecía una momia. Alejado de las personas, John no tenía más vida social. Cuando era necesario salir, usaba una peluca para disfrazar su condición.
Su ingreso semanal era de un millón de dólares, pero su digestión era tan mala que solo conseguía comer galletitas con leche.
En cierta oportunidad confesó que deseaba ser amado, pero que era odiado en los campos de petróleo de Pensilvania, y que los hombres a quienes había perjudicado y empobrecido querían ahorcarlo. Mientras protegía su riqueza, esta lo destruía. No dormía ni disfrutaba de nada. Se sentía desesperado e impotente.
Cada vez más delgado y abatido, a sus 53 años, el médico le dio menos de un año de vida, y los periodistas prepararon el borrador de su obituario. Pero, en sus noches insomnes, John reflexionó sobre que no llevaría a la tumba nada de las riquezas que había acumulado.
Así que creó la Fundación Rockefeller, y destinó cientos de millones de dólares a universidades, hospitales, misiones y a millones de personas necesitadas. Las investigaciones que costeó ayudaron a descubrir la penicilina y las vacunas que previenen la malaria, la tuberculosis, la difteria y otras enfermedades.
Al pensar en su prójimo, sucedió un milagro en su vida. El amor y la gratitud de aquellos a quienes había ayudado sustituyeron la amargura, el rencor, el vacío y la enfermedad. De repulsivo y sin vida, se transformó en una inspiración. No murió a los 54 años, ¡sino que vivió hasta los 98!
Cuando los ciudadanos de Cleveland lo felicitaron, John Rockefeller les dijo: "Piensen en las cosas más importantes de la vida. Hagan todo lo que puedan pensando siempre en el bienestar de vuestros prójimos y experimentarán lo mejor de la vida".
Las personas generosas tienen más salud, felicidad y paz. Disminuyen los síntomas de depresión y estrés, aumenta la energía, mejora la autoestima y se fortalece la inmunidad. ¡Seamos personas generosas y las promesas divinas se cumplirán en nuestra vida!